abracadabra* – página 2

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Por casualidades de la vida, en el instante justo en que apoyé el bolígrafo por última vez sobre el papel para marcar el punto final, sonó el despertador: las 6:30, hora de ir a trabajar. Había perdido la noción del tiempo por completo. No me importaba aparecer en el trabajo sin dormir, lo había hecho otras veces, aunque por motivos bien distintos; el meollo era que había finalizado mi relato, y aún no sabía qué había escrito, supongo que así se sentirán los médiums después de una sesión de espiritismo.

Estaba agotado, roto por dentro, pero feliz. Fue como la primera vez que hice el amor, o mi primera borrachera, miraba las cosas con otra perspectiva, como un ciego que ha recuperado la vista después de años en tinieblas. Todo era lo mismo, pero visto desde un prisma distinto.

Me vestí, me lavé la cara, e intenté tragar rápidamente un vaso de leche que no fui capaz de terminar; tenía el estómago comprimido en el espacio que ocupa una avellana. Me paré un momento a observar la mesa donde había escrito mi obra, y pensé en no presentarme en mi puesto, ¿cómo podía marcharme sin saber siquiera nada de lo que ponía? Pensé en llamar para decir que estaba enfermo, pero ya había tenido demasiados problemas en el trabajo estos últimos meses además de alguna vez que me pillaron mintiendo, y sería dar más motivos para que me echaran; no era un empleo que me diera demasiadas satisfacciones, pero cargar sacos era lo único que sabía hacer en aquella época.

No podía quedarme en casa a leer mi obra, pero tampoco podía esperar más de ocho horas hasta acabar la jornada. Necesitaba leer cuanto antes, así que entonces sólo me quedaba una opción: llevármelo conmigo. Pero, ¿cómo hacerlo cuando sobre la mesa el manuscrito se encontraba fraccionado en una diáspora de papeluchos? Había escrito en todas las superficies vacías que encontré por casa: cajetillas de tabaco, papel de fumar, tarjetas de visita, hojas sueltas de libreta, reversos de paquetes de galletas, de facturas, cualquier superficie que aceptase absorber de buen grado la tinta de mi bolígrafo. Ordenar aquel pedacito de la Amazonia podía llevarme horas. Afortunadamente el frenesí no se me llevó toda la capacidad de raciocinio aquella noche, y antes de escribir sobre un nuevo trozo de papel, lo marcaba con un número consecutivo, para en su momento, ordenarlos todos y reconstruir el puzzle tirando del hilo.

Tenía apenas dos minutos para marcharme, y no había tiempo para ordenarlo todo, así que tuve que conformarme con una pequeña muestra estadística: cogí dos porciones de papel, el margen de un folleto publicitario y el reverso de un calendario de pared del mes de diciembre, y me los metí al bolsillo. Inmediatamente después, salí pitando hacia el coche.

Entré en él con la rapidez con la que se hace el cambio de conductor en las veinticuatro horas de Le Mans. Si hubiera sido un descapotable podría haber montado dando un brinco, y además no era el momento ni el lugar para pensar en idioteces.

Arranqué todo lo rápido que se puede arrancar un coche de tercera mano, e inicié la contrarreloj: tenía escasos ocho minutos para cruzar de punta a punta la ciudad, con un coche fabricado en un país que creo ya no existe, cuando los mandos a distancia aún tenían cable.

Si llegaba tarde podía ser el acabose. Mi patrón, un dictadorzuelo de andar por casa, paleto y gañán con ínfulas de pseudonuevorico que acaba de encontrar petróleo en las inmediaciones de su cortijo, llevaba con dolor de muelas toda la semana, y creo que su mujer lo acababa de abandonar, con lo que ello suponía de trágico para una persona de su catadura: tener que cenar comida precocinada casi todos los días. Un minuto de retardo podría ser la excusa perfecta para desfogar sus frustraciones con un sparring de baja estofa como yo, y sencillamente, no me apetecía pasar por eso ese día.

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